«Si quieres orar, empieza a estar atento a tus hermanos»

«La oración es fácil el día en que experimentes el sentido trágico de tu existencia, sea porque está en peligro o porque te descubres pobre y pecador. ¿No te sucede lo mismo cuando compartes de verdad la vida de tus hermanos? ¿No es acaso el día en que profundizas en la angustia de tu hermano o en su alegría cuando oras con él y por él de verdad? En esos momentos, la oración nace espontáneamente en tus labios como un grito de angustia o de admiración lanzado hacia Dios.

Muy a menudo tu oración carece de vida porque no está en relación con aquellos que te rodean. Continúas trabajando, más aún, sirviendo a los demás, pero no has captado todavía su situación real. Te quedas en una fase en la que los hombres se divierten o representan un papel. Calla ante ellos, pero guarda tu corazón abierto para percibir por encima de sus palabras su angustia existencial. Tal vez te pidan pan, un servicio material, o no tengan necesidad de nada, pero si te hablan es que tienen hambre de tu sonrisa y de tu amistad, en definitiva, de Dios.

Orarás de verdad el día en que adivines más allá de las palabras de tus hermanos su hambre de amor. Cuando un hombre sufre, no puedes decirle nada para consolarle, pues ignoras su sufrimiento real; ni siquiera él mismo lo conoce de verdad. Tan sólo te pide que estés allí a su lado en silencio, mirándole y amándole intensamente. Tu oración comienza el día en que te has sensibilizado con este sufrimiento para gritarlo hacia Dios en la súplica y la intercesión.

Si quieres orar, empieza a estar atento a tus hermanos. Sé acogedor y silencioso ante ellos, escúchales en profundidad, discerniendo, más allá de sus palabras, el sufrimiento o la alegría que no llegan a expresar. Deja que todo esto penetre tu corazón, desaparece ante el otro; esto es perder la vida por los hermanos. En una palabra, tus hermanos deber vivir en ti con una presencia viva, activa y calurosa. En la oración, acogerás la voz de todos los hombres para hacerla subir hacia Dios.

Lo mismo sucederá con tus hermanos lejanos. No leas el periódico como un turista, no mires la televisión como un aficionado, sino cada vez, trata de compartir la vida real de todos estos hombres cuyos ecos exteriores percibes en los medios de información. Tu oración se enriquecerá con toda esta vida del mundo.

En primer lugar, se hará súplica por estos hombres que sufren espiritual y materialmente. Comprenderás que lo que les falta, no es tanto los medios para vivir, sino las razones para vivir. Tienen, sobre todo, hambre de luz y de la vida de Dios. Intercede y suplica por ellos para que la reciban del Padre en el fondo de su corazón. Habiendo visto en profundidad el sufrimiento de tus hermanos, no podrás contentarte con orar por ellos, sino que para que tu oración sea verdadera tendrás que comprometerte realmente a su servicio.

Serás también el testigo de sus descubrimientos y de sus alegrías. Cada avance en el conocimiento y en el amor, por profano que sea, debe sumergirte en el asombro y la gratitud. Santo Tomás dice en alguna parte, que toda chispa de verdad, venga de donde viniere, está suscitada por el Espíritu Santo. Si sabes escuchar a tus hermanos y contemplar el mundo, verás aflorar la gloria de Dios a través de la creación. Entonces podrás cantar sus alabanzas, glorificarle y darle gracias. Evitarás el orgullo que consiste en pensar que has hecho algo grande. El hombre de oración hace subir sin cesar hacia el Padre las maravillas que le ha concedido llevar a cabo.

Si sabes hacerte solidario de todo hombre y del mundo entero asumiéndolo en profundidad y no solamente deteniendo tu curiosidad en la corteza de los acontecimientos, harás de tu vida una oración continua, pues experimentarás la presencia oculta de Dios en el corazón de los acontecimientos y, cuando estés en oración, te bastará entrar todavía más profundamente en estas situaciones para hacer tuya la voz de tus hermanos: “Y todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Con 3,17)».

Ora a tu padre. Capítulo XXI. No tendrás dificultad para orar si estás de verdad en relación con tus hermanos. Jean Lafrance.

 

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