El sonido del silencio

Luna

Si fuera Luna,
sonreiría entre pecas
sobre tu angustia;

velaría tu sueño
más profundo,
la ligereza
de tu cuerpo desvanecido;

alumbraría la penumbra
que yace a tu alrededor,
cansado tu abatimiento,
pies inertes al despuntar
el calor ensimismado.

Tú,
tan nueva como naciste,
creciente entre algodones;
menguas la grandeza que te apodera.

Al final de tus días,
te dejaré mi plenitud.

Luna.

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Cadena perpetua

Seguirá siendo blanco el folio que mancho;
rasgado el rugiente roto
el quiebre de mi voz.

Llévame a esa soledad poblada de aullidos,
donde se abre la vida en la ilusión de un charco que fue pecado.
Prepara el terreno, allana los caminos,
riégame con el silencio mudo de mi grito de asombro.

O a esa luna llena que refleja la soberbia de lo que un día fui:
piedra sobre piedra, cristal amurallado.

Señor, si supiera decir ‘Perdón’
hasta un rayo treparía.

Apunto en el blanco de mi objetivo.

Ruido de serpiente,
cascabel en llamas.
Somos dos.

Aprieta, me da fuerte, me consume.
Es su látigo la huella; arde el mar si lo frena.
Y se derrumba el cielo que dibujé en mis pupilas.

Somos dos en un aguacero de la noche inerte,
en calma el cuervo vocifera mi andar.
Cadena perpetua si me alcanza tu suave voz.
Vela el bosque tu sueño permanente.

Murmullo de sábanas blancas en la ciudad.
Solo unos pasos, en penumbra;
todo recto saltando obstáculos:
hacia el Edén.