Autor: dominicasentoro

Dominicas contemplativas. Monasterio Sancti Spritius, Toro (Zamora, España).

Un bebé, solo un bebé

«Allí estaba. María y José le miraban y no entendían nada. ¿Era aquello -aquel muñeco de carne blanda- lo que había anunciado el ángel y el que durante siglo había esperado su pueblo? Rilke se dirige en un bellísimo poema a esta Virgen de la Nochebuena y le pregunta: ¿Te lo habías imaginado más grande? Y el propio poeta responde: Pero ¿qué es ser grande? A través de todas las medidas que él recorre, va la magnitud de su destino. La inmensidad de ser Dios. Sí, el Dios que retumba en las nubes, se hace benigno y viene en ti al mundo.

Pero ellos no lo entendían. Lo adoraban, pero no lo entendían. ¿Aquel bebé era el enviado para el mundo? Dios era todopoderoso, el niño todavía desvalido. El Hijo esperado era la Palabra; aquel bebé no sabía hablar. El Mesías sería “el camino”, pero este no sabía andar. Sería la verdad omnisciente, mas esta criatura no sabía siquiera encontrar el seno de su madre para mamar. Iba a ser la vida; aunque se moriría si ella no lo alimentase. Era el creador del sol, pero tiritaba de frío y precisaba del aliento de un buey y una mula. Había cubierto de hierba los campos, pero estaba desnudo. No, no lo entendían. ¿Cómo podían entenderlo? María le miraba y remiraba como si el secreto pudiera estar escondido debajo de la piel o detrás de los ojos. Pero tras la piel solo había una carne más débil que la piel, y tras los ojos solo había lágrimas, diminutas lágrimas de recién nacido. Su cabeza de muchacha se llenaba de preguntas para las que no encontraba respuestas: si Dios quería descender al mundo, ¿por qué venir por esta puerta trasera de la pobreza? Si venía a salvar a todos, ¿por qué nacía en esta inmensa soledad? Y sobre todo, ¿por qué la habían elegido a ella, la más débil, la menos importante de las mujeres del país?

No entendía nada, pero crecía, sí. ¿Cómo iba a saber ella más que Dios? ¿Quién era ella para juzgar sus misteriosos caminos? Además, el niño estaba allí, como un torrente de alegría, infinitamente más verdadero que cualquier otra respuesta.

Porque, además, ningún otro milagro espectacular había acompañado a este limpísimo parto. Ni ángeles, ni luces. Dios reservaba sus ángeles ahora para quienes los necesitaban, los pastores. María tenía fe suficiente para creer sin ángeles. Además, de haber venido ángeles a la cueva, ¿los hubiera visto? No tenía ojos más que para su hijo».

Vida y misterio de Jesús de Nazaret. José Luis Martín Descalzo.

 

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Los salvadores del Salvador

«Me parece que para un cristiano del siglo XX es esta la página más cruel y difícil del evangelio. La vida de Cristo empieza con un reguero de sangre. Y de la más inocente. La liturgia -quizá en un intento de desdramatizar la cosa- ha rodeado de sonrisas esta escena y canta, casi divertida, a los inocentes:

Vosotros, las primeras victimitas de Cristo,
tierno rebaño de los inmolados,
sobre la misma piedra del altar, sencillos,
jugáis al aro con las aureolas.

Y también la tradición ha rodeado de bromas y de chistes ese 28 de diciembre en que se les conmemora. Es la táctica de siempre: rodeamos de sonrisas lo que nos aterra. Porque ante la escena de la huida de Cristo y la muerte de los pequeños betlemitas un verdadero creyente no puede sentir otra cosa que miedo y vértigo.

(…) Los soldados cayeron sobre Belén como un huracán. Entraron en las casas, recorrieron las calles, arrancaron los niños de los brazos de sus madres y ante el terror de estas -que no entendían, que no podían entender- estrellaron las cabezas de sus pequeños contra las paredes, alancearon sus cuerpecitos, les abrieron en canal como corderillos. “¿Por qué? ¿por qué?”, gritaban las madres, que sentían más espanto que dolor, que no entendían por qué mataban a sus hijos y no a ellas. “Órdenes de Herodes”, respondían los soldados que tampoco comprendían nada, que estaban, en el fondo, tan aterrados como las mismas madres. “Pero, ¿por qué? ¿por qué?”, insistían las madres. Y nadie explicaba nada, nadie podría nunca entender el porqué de aquellas muertes. Lo único cierto eran aquellos cadaveritos cuya sangre aullaba más que sus propias madres.

¿Cuántos fueron los muertos? (…) No es el número lo que nos horroriza, sino el hecho. Y aún más que el hecho, su misterio. ¿Por qué murieron estos niños? ¿Por qué “tuvieron” que morir?

(…) Quizá nadie ha vivido esta paradoja tan hondamente como Camus que, admirando a Cristo, encontró siempre en el camino de su fe esta escena que le enfurecía. ¿Por qué huyó él y dejó morir a aquellos pequeños?, se pregunta dramáticamente.

Escribe:

Si los niños de Jerusalén fueron exterminados, mientras los padres de él lo llevaban a lugar seguro, ¿por qué habían muerto si no a causa de él? Desde luego que él no lo había querido. Le horrorizaban aquellos soldados sanguinarios, aquellos niños cortados en dos. Pero estoy seguro de que, tal como él era, no podía olvidarlos. Y esa tristeza que adivinamos en todos sus actos, ¿no era la melancolía incurable de quien escuchaba por las noches la voz de Raquel, que gemía por sus hijos y rechazaba todo consuelo? La queja se elevaba en la noche. Raquel llamaba a sus hijos muertos por causa de él, ¡y él estaba vivo!

(…) La Iglesia, venerando cariñosamente a estos pequeños, lo ha entendido mejor. Ellos fueron, sin saberlo, los primeros mártires. Más aún: ellos fueron salvadores del Salvador, salvadores de quien engendra toda salvación. Fueron los primeros cristianos, por eso conoceron la espada. Todo cristiano tiene que conocer una: la espada de la fe, ésta de amar a Cristo sin terminar de entenderle, o la espada de la sangre. En el fondo, a ellos les tocó la más fácil».

Vida y misterio de Jesús de Nazaret. José Luis Martín Descalzo.

¡Feliz Navidad!

«Dios ha venido a casa, desdiciéndose de su gloria. Ha pedido permiso al vientre de una niña sacudida por un decreto del César y se ha hecho uno de nosotros: un palestino de tantos en su calle sin número, semiartesano de toscos quehaceres, que ve pasar los romanos y los vencejos, que muere, después, de mala muerte matada, fuera de la Ciudad.

Ya sé que hace mucho que lo sabéis, que os lo dicen, que lo sabéis fríamente, porque os lo han dicho con palabras frías… Yo quiero que lo sepáis de golpe, hoy, quizás por primera vez, absortos, desconcertados, libres de todo mito, libres de tantas mezquinas libertades. Quiero que os lo diga el Espíritu ¡como un hachazo en tronco vivo! Quiero que lo sintáis como una oleada de sangre en el corazón de la rutina, en medio de esta carrera de ruedas entrechocadas. Quiero que tropecéis con él como se tropieza con la puerta de Casa, retornados de la guerra bajo la mirada y el beso impaciente del Padre. Quiero que lo gritéis como un alarido de victoria por la guerra perdida, o como el alumbramiento sangrante de la esperanza en el lecho de vuestro tedio, noche adentro, apagada toda ciencia. Quiero que lo encontréis, en un total abrazo, compañero, Amor, respuesta. Podréis dudar de que haya venido a casa, si esperáis que os muestre la patente de los prodigios, si queréis que os sancione la desidia de la vida. Pero no podéis negar que se llama Jesús con patente de pobre. Y no podéis negarme que lo estáis esperando con la loca carencia de vuestra vida repudiada, como se espera el aliento para salir de la asfixia cuando ya la muerte se enroscaba al cuello como una serpiente de preguntas.

Se llama Jesús. Se llama como nos llamaríamos si fuéramos, de verdad, nosotros».

Pedro Casaldáliga.