Semana I de Cuaresma

Como bien sabéis, el pasado Miércoles comenzó la Cuaresma con la imposición de la ceniza. Durante este tiempo vamos a proponer un Atrévete semanal en un itinerario que parte del ‘Egipto seductor’ para ir avanzando poco a poco por el ‘desierto’. Si estáis dispuestos a vivir estos días como Dios manda, ante todo, no temáis. Vemos por delante cinco largas semanas, y creemos que no seremos capaces de mantener la fidelidad, la perseverancia. Tenemos ansia de libertad, pero al mismo tiempo nos sentimos muy a gusto siendo esclavos: estamos atados a nosotros mismos, a nuestras manías, a nuestros miedos, a nuestras inseguridades; y también a los demás, al qué dirán, a tantos y tantos compromisos…. Queremos hacer de Dios el centro de nuestra vida, pero nos creemos víctimas. Si miramos hacia dentro, vemos que en torno a nosotros mismos gira nuestro propio ombligo. Vamos a intentar la conversión, esa vuelta hacia Dios, esa mirada amorosa y humilde que sabe Quién es el dueño de la historia. A medida que avancemos, nos fallarán las fuerzas, querremos abandonar el camino; vendrá a visitarnos el demonio, como al mismo Jesús en el desierto (cf. Mt 4,1-11; Mc 1,12-15; Lc 4,1-13). Pero «Dios es fiel, y Él y no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla» (1Co 10,13). ¿Estáis preparados?

En esta primera semana de Cuaresma, vamos a establecer un diálogo con Dios. Empecemos por permanecer en silencio en algún momento. Si no puede ser hoy, por la cantidad de asuntos que tenemos pendientes, lo haremos mañana o pasado; pero procuremos encontrarlo. Entrega al Señor tu pobreza. Vamos, con confianza. Despójate mentalmente de todos los obstáculos que podrían impedir tu relación con Dios. Somos débiles, por tanto, encontraremos más de uno… Y de dos… Entonces, le pediremos al Señor que nos dé la fuerza necesaria para vivir espiritualmente este tiempo sin aburrirnos, sin desfallecer. Todo irá bien. Pero si en algún momento vemos que vamos a tropezar, pararemos y rezaremos un padrenuestro, «pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis» (Mt 6,8), haciendo especial hincapié en esta petición: «No nos dejes caer en la tentación»; y no nos olvidemos de agradecer sus dones (¡que son muchos!) cuantas veces como nos sea posible.

Cuando por fin hayáis conseguido ese tiempo de silencio, de oración, de petición, de agradecimiento, tomaremos los Diez Mandamientos, siguiendo las palabras que hoy el Señor le ha propuesto a Moisés (cf. Lv 19,1-2.11-18). Tomad la imagen destacada y leed cada uno de los preceptos. Parad en cada uno de ellos y pensad en qué podríais estar fallando. Pedid a Dios que os ilumine, que el Espíritu Santo os abra la mente y el corazón para discernir con Él. Fijaos también en lo que hacéis bien: todo es gracia de Dios. Recordemos que «estos diez mandamientos se encierran en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». Y el prójimo es también tu enemigo. «Si saludáis solo a vuestro hermano, ¿qué hacéis de extraordinario?» (Mt 5,47), nos preguntará Jesús el próximo sábado. Tened muy presente a lo largo de estos días, y durante toda la Cuaresma, el mandamiento del Amor: no se puede decir que amamos a Dios si tratamos al prójimo ‘a patadas’; o si somos tan crueles con nosotros mismos. Efectivamente, vamos a tratar de centrarnos en el Amor para iniciar la conversión. Mañana nos hablará Isaías de las maravillas que puede hacer Dios con nosotros: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come; así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,10-11).

Si algún mandamiento te genera duda, consulta el Catecismo de la Iglesia Católica [se encuentran organizados en dos capítulos («Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo») y desarrollados por artículos en la segunda sección («Los Diez Mandamientos») de la tercera parte («La vida en Cristo»)]. Sería bueno, además, si no puedes ir a misa, al menos, leer las lecturas de cada día. Solo leerlas, nada más (con especial atención, claro); el Espíritu Santo hará el resto. Las encontrarás en este enlace.

Recuerda que es importante tu disponibilidad: querer es poder no es solo un dicho alentador; hazlo realidad. Y no temas compartir tu fe: con nosotras, con tus hermanos; en tu comunidad, en la familia, en el trabajo… ¡También puedes buscar un compañero de oración! Un amigo, tu pareja… Cada uno se santifica en el lugar que ocupa en el mundo. No tengas miedo de llevar a Cristo contigo. Sé consciente de lo que estamos viviendo, y ¡atrévete a ser reflejo de Dios! Ante cualquier dificultad, ¡pide ayuda! Ánimo, el Señor te espera en el ‘desierto’. Nosotras ¡oramos por ti!

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